Verde, de madera y con fantasmasPosted on julio 17th, 2011 @ 12:54 AM
Es curioso. Desde que tengo casi 4 años he vivido en casas cuyas tonalidades han sido verdes. La primera casa en que recuerdo vivir en Puriscal era blanca, creo que ese color en algún momento representó la pureza de mi niñez. Luego, la cosa cambió.
En la Uruca hubo dos. La primera, larga y silenciosa, era de madera vieja. Tenía las paredes (o la fachada, no recuerdo bien) como de color turquesa, un verde extraño. Unas verjas negras que encerraban mi imaginación y mis angustias algunas veces. Esta casa tenía un comedor grande, donde la mesa de la familia cabía bien. Entonces, no me preocupaban las percepciones del espacio.
La segunda, que ya no existe, quedaba frente al COSEVI. Era la tercera al fondo de una hilera de casas. Sin ventanas que reflejaran mucho del exterior y con un patio pequeño de cemento. Con olor a guardado y con fantasmas, así era esa casa. Verde, algo había de tener, supongo.
Luego vine a mi casa, en la que vivo ahorita. Tibás, bello. Hace 11 años me observa ir y venir. Mi cuarto es verde, casi 17 años después, ese color me persigue.
Luego de la casa de Tibás, algo así como entre mis 10 años y los 16, hubo otras 4 casas en las cuales viví. Todas han tenido siempre algún pedacito de madera, algo verde o algún fantasma que se resbala por ahí.
Han sido tantas que creo que después de la segunda perdí la cuenta en mi cabeza, de extrañar hogares y vecinos. Se me olvidó lo que es interactuar en comunidad y tener sentido de pertenencia a algún lugar; creo que mi casa es mi alma, en el barrio de mi mente, allá por el cantón de mi cuerpo y el país del Ser Humano.
Aún recuerdo mis pasitos en mi primera casa, mi primera caída y mi primer raspón. Hoy me pasan caídas más fuertes y raspones que no se quitan con tomate en la rodilla o con cofal en la noche; porque son del corazón y esos nadie los puede sanar.
Cuento la historia de las casas en las que he vivido, porque él es así. Dije que no me ha importado adónde me cambie, porque siempre hay algo que me recuerde al lugar anterior: siempre me he sentido en Casa, en un hogar fabricado en mi cabeza.
Él me hace sentir así. Es verde, fresco. También puede ser verde viejo, seco. Verde… Con olor al ciprés de Diciembre, mágico mes en que lo conocí. Con la frescura del amor de verano y lo duro de un césped que se secó por la falta de rocío.
Él ha sido lo más verde que he tenido, el más hogar, el mejor de los mejores lugares… Sus brazos alguien los pintó de verde, estoy segura. Y el día en que lo conocí, su camisa verde olivo me lo dijo.
Puede ser de madera, sí. Duro como roble para soportarme en los momentos en los que me quebré… Duro de corazón cuando me hirió sin remordimiento alguno. Creo que todo el mundo tiene algo de madera en su forma de ser.
Es madera porque suena. Tiene sus propios sonidos. Chilla cuando discute, como cuando caminamos de madrugada en un piso de tablillas viejas.
Hace un sonido con sus labios medio raro, cada vez que siente placer en su paladar por algo que está comiendo… Cada vez que disfruta de lo que roza su lengua y el cielo de su boca.
Suena lindo cada vez que me acaricia… Tal y como cuidar las tablas, así suena él. Como agradeciendo cada camino que hago con mis dedos y cada beso que mi boca le da.
Suena molesto también, es tan madera. Como cuando se rasca la nariz y cuando estornuda mil veces. Tiene en sus manos una forma extraña de hacer que mágicamente aparezcan 10 estornudos de manera instantánea.
Sí, tiene algo de madera; como todas mis otras casas. Sus brazos, su pecho, mi casa, tiene madera fresca; con olores deliciosos que me cautivan.
Y, no sé si por desgracia o por virtud, tiene fantasmas. En mi segunda casa de la Uruca había este fantasma que no nos dejaba en paz. Alguno dirá que no existen, pero sí que sí. Que le pregunten a mi tío, él lo vio. En fin, el tema es que tuvimos que aprender a vivir con él y a ser felices en esas 4 paredes. Aunque a veces se tornaba difícil, la tranquilidad de las noches y de las tardes silenciosas se quebraba, sin razón alguna, nada más por el fantasma.
Mi él es así, tiene sus fantasmas. Cosas con las que me cuesta vivir… Asuntos que me separan de él, de su aroma de mañana y de sus bellos labios rojos.
Yo, ni cuando tuve 7; ni cuando tengo 20, puedo aceptar los fantasmas. Tengo problemas con ellos… Y aún así, con todo esto, a todas esas les llame Casa.
Él es hogar. Tiene todo el calor y la ternura que debe haber. La mezcla perfecta entre peleas y reconciliaciones. Un poquitín de madurez y mucha niñez que todavía le da color a ese espacio; tiene esa belleza juvenil que nadie puede dudar. No sé si eso es bueno.
Él lleva consigo mi alma, como todas las casas en las que posé mi cuerpo para dormir. Tiene un pedacito de corazón mío metido en el sótano de nuestra historia, todavía lo guarda y los fantasmas quieren llevárselo. Lucha eterna.
Es mi lugar porque reconozco su sabor a miel, como el color de sus ojos. Lucecitas casi tristes, con las pestañas más hermosas que conozco. Su sonrisa es la bodega de mis sueños, ahí los guardo todos…
Sus manos perfectas son el refugio de mis temores, me han llevado fuerte al Sanatorio, cuando tuve terror; al hospital, cuando creí que moría de dolor; a la Universidad, cuando tuve la mayor de las preocupaciones; al trabajo (todos los trabajos), cuando he comenzado y también cuando he querido renunciar. Sus oídos han guardado secretos, como las paredes: silencioso y cómplice. Eso solo lo hace un hogar, nadie más.
Él es cuerpo, pero es casa verde, de madera y con fantasmas: tal y como siempre me ha gustado, tal y como quiero para mí. Como todas las otras veces, me encuentro en el dilema de cambiarme, de decidir, de olvidar fantasmas o de dejar atrás. Todo es una lástima, todo me enfurece porque realmente, en resumen y para acabar esta historia el problema es que de todas las veces que me he cambiado de casa, y de todos los lugares que he dejado atrás, esta vez sí quiero quedarme.
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